Desde esta ventana entra muy poca luz, y aun después de cuatro años, no me acostumbro a ello. Ni siquiera puedo leer lo que escribo, pero que importa eso ahora, si sólo lo leerá la enfermera que me encuentre mañana por la mañana, muerto, con un poco de suerte. Tanto verlo en las películas, y nunca había imaginado que la vida en un psiquiátrico pueda ser tan aburrida, tan cotidiana; en realidad, la locura la alimenta el hastío. Antes, cuando veía películas, ni siquiera podía imaginar que acabaría de esta manera. Antes, cuando me levantaba el despertador y llevaba zapatos, cuando comía en restaurantes y tenía una novia cada mes. Antes de conocerlo.
La primera vez que lo ví fue en el metro. Entré por los pelos, iba con prisas al trabajo como siempre, sudaba y el frío del vagón me sobrevino de golpe. Por la juerga de la noche anterior y posterior prisa la mañana siguiente, no me había dado tiempo de comprar el periódico, así que me entretuve con las caras de los pasajeros, que dormitaban o leían en el silencio matutino de las ciudades. Entonces lo ví, frente a mí, a pocos metros. Al instante se me paralizaron todos los músculos. Permanecí contemplándolo fijamente, no sé durante cuanto tiempo. Él sí leía el periódico, el mismo periódico que me compraba yo casi todos los días. Se mordía las uñas,y me sorprendí haciendo lo mismo. Entonces pasée la mirada por el vagón, buscando algun gesto de sorpresa, alguna mirada incrédula como la mía. No podía ser que nadie se diera cuenta. Él se levantó, se planchó los pantalones que me había comprado la semana pasada, y esperó a que se abrieran las puertas apoyado en la barandilla. Otros pasajeros también se levantaron y se pusieron delante de la puerta, y entre los cogotes, su cogote notó mi fija mirada. Se giró y mis ojos y sus ojos se fundieron, porque eran los mismos. Las puertas del metro se abrieron, él dejó de mirarme y bajó en mi parada. Yo seguí ahí un buen rato, intentando asimilar que me había visto a mi mismo en el metro y ni siquiera me había saludado.
Llegué más que tarde a la oficina y en cinco horas me fumé un paquete entero de Ducados. A lo largo del día, me fuí tranquilizando gracias al trabajo mecánico delante del ordenador y la charla con los compañeros. Por la noche, Laura y cuatro copas de vino de Jerez me sumieron en el olvido, que no es más que engaño. Me convencí que dormiría más y llevaría una vida sana, porque mi mente estaba notando el exceso de estrés.
Mi plan funcionó durante una corta semana de gloria, hasta que me lo encontré de nuevo, esta vez en el bar de delante de la oficina. Apoyado en la barra, bebiéndose una café solo, el tipo llevaba puesta mi corbata favorita. “Manuel, qué te pasa colega, ¿que has visto un fantasma?” me dijo Javi, con el que siempre salía a desayunar. “Javi, el tío de la barra, míralo, ¿no lo ves, no te das cuenta?”. “Yo en la barra lo que veo es una pivón, pero míra la rubia que culo..”. Efectivamente, al lado del tipo habia un trasero estupendo de reciente incorporación en la empresa, pero que más me daba a mi eso, cuando me tenía a mi mismo delante y no me conocía.
A partir de ese mañana, los encuentros fueron prácticamente diarios. Me lo cruzaba por mi barrio, se sentaba dos filas por delante mío en el cine, comía en mis restaurantes favoritos. Por más que quisiera, no podía ignorar su presencia, mi presencia, y como aquello no se lo podía contar a nadie, empecé a obsesionarme. Me costaba concentrarme, hablaba poco y no me afeitaba. La paciencia humana es limitada. Al cabo de un mes, Laura dejó de llamar sin dar ninguna explicación, y me echaron del trabajo.
Aquella mañana, salí de casa a la misma hora de siempre, pero como no iba tarde, pude comprar el periódico. Entré en el metro, y el frío me reconfortó, después del bochorno de gentío y prisas de los pasadizos. Me senté y me puse a leer, cuando noté que alguien me miraba. Levanté la vista y lo ví, me ví observándome. Bajé la mirada tranquilo, porque ya esperaba encontrármelo allí y porque sabía dónde debíamos bajar. Al sonido de nuestra parada, se levantó y se apoyó en la barandilla, delante de la puerta. Yo salí el último del metro, y sin perderlo de vista lo seguí hasta la puerta de la oficina. Me encendí un cigarro, respiré el aire de la mañana y esperé.
A las cinco en punto salió, con la corbata desatada y aspecto cansado. No pude evitar sonreír cuando ví que incluso acarreaba el maletín feo que mi madre me había regalado en Navidades. Con la mano dentro del bolsillo, apreté la navaja y me puse a seguirlo. Él se había encendido un cigarro y caminaba hablando por el móvil, hasta que descolgó, dobló la esquina y siguió caminando hasta la puerta del Haggins, mi restaurante favorito. En la otra esquina, ví aparecer a Laura, radiante. Agarré más fuerte la navaja dentro del bolsillo, y creo que lloré de rabia. Laura lo miraba y sonreía, me miraba en la puerta del Haggins y sonreía, y me cogía la mano y me hablaba y me besaba. Salí de la esquina con paso firme, crucé la calle con la navaja en mano y se la clavé, me la clavé con toda la furia que uno puede sentir hacia uno mismo.
Desde entonces que vivo aquí, en esta habitación con tan poca luz, y no logro acostumbrarme. Lo que pasó después, no lo puedo esclacer por la dosis de pastillas que me tomo cada mañana. No he vuelto a ver a Laura y sé que ella no me quiere ver a mí. Tampoco he vuelto a encontrar al tipo, pero bueno, me miro cada mañana al espejo, y veo de nuevo la navaja ensangretada y las sirenas de la policia. Duermo mucho. Ojalá hoy me duerma para siempre. Ojalá mañana la enferma encuentre estos papeles entre mis manos inertes.
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada