Cuando murió la abuela, el sofá era aún bastante nuevo. El primero en encontrársela fue Julio, al volver a casa tras una de sus juergas. Abrió la puerta con ebria dificultad, y con las primeras luces del día vió a la abuela recostada en el sofá, escuchando a María Callas, la cabeza colgando y un hilillo de sangre en la comisura de los labios. Cuando Manuel volvió del trabajo al mediodía, Julio seguía en la puerta, ahora sentado con la cara escondida entre las rodillas, sin escuchar la ópera que aún sonaba, y sin mirar la cabeza colgando de la abuela. El nieto mayor reaccionó en seguida, recogió a su hermano del suelo, apagó la música, y se dirigió al sofá. La abuela se había suicidado tragándose el bote entero de las pastillas para el colesterol, y eso la había dejado así, como un manojo humano en el sofá de terciopelo verde. Incluso había manchado el sofá de sangre con el hilillo que le venía de la boca. Después de cerrarle los ojos, Manuel se sentó en una silla y se desabrochó el cuello de la camisa. El calor silencioso del mediodía se mezclaba con el hedor a muerto. Por un momento, Manuel recordó aquel día de verano, en aquel mismo comedor, cuando la abuela les había hecho cosquillas hasta que se mearon encima de la risa. Levantó los ojos, y vio que Julio seguia con la cabeza gacha, y había empezado a sollozar.
Al salir del tanatario, Manuel se encendió un cigarro de espaldas a la puerta , y respiró aliviado. Aquel no se parecía en nada al último funeral al que había asistido, el de sus padres. Cuando tuvieron el accidente, Manuel y Julio eran aún muy pequeños, y su abuela les puso un trajecito negro y no los soltó de la mano ni un momento. Manuel aspiró el humo del tabaco y sintió el aire caliente que soplaba entre los sauces. Julio ni siquiera debía acordarse de eso, pensó. Pero allí seguía su hermano, aupado entre el tumulto de viejas de luto, que lo abrazaban y lloraban y murmuraban palabras de alivio, mientras el chico entre grandes sollozos alababa a su tierna abuelita. “Sólo faltan los paparazzis del Hola”, se dijo Manuel para si mientras tiraba la colilla al suelo. Su hermano lo siguió cuando vió que iba a coger el coche. “Espérame, al menos, ya que he tenido que llevar el peso de la familia”, le espetó Julio al entrar. No se dijeron nada más hasta llegar a casa. Ya no olía a lavanda, ni a guiso recién cocido. “Tenemos que quitar esta puñetera mancha del sofá, qué asco”, dijo Julio, al ver que la sangre de su abuela se estaba resecando sobre el terciopelo verde. Julio estaba seguro que habían hecho bien en no decir nada a la policía, esconder el bote de pastillas vacío y simular una muerte natural. Se trajo un trapo mojado de la cocina y empezó a fregar el terciopelo verde. “Ostia, encima nos jode el sofá”. “La hemos jodido nosotros, Julio”, le dijo Manuel, y pasó de largo hacia su habitación. Sobre la mesilla de su escritorio, vió los dos billetes de avión a París, la ciudad de los sueños de la abuela, la promesa eterna de sus nietos. Se tiró a la cama, hundió la cabeza en el cojín y lloró en silencio.
Julio volvía a estar rasgando el sofá cuando Manuel llegó a casa después del trabajo. Tenía los pies helados del frío de invierno, y el viento le azotó la cara al abrir la puerta, porque su hermano se había dejado todas las ventanas del comedor abiertas. Julio estaba sudando por el esfuerzo, rasgando ahora con una lija el terciopelo verde, con los ojos tan fijos en la mancha de la abuela que ni siquiera vió llegar a su hermano. Manuel le pusó una mano en el hombro, “te estás volviendo loco, déjalo ya”. Julio sólo giró la cabeza, se lo miró indiferente, y volvió a rascar el sofá. Manuel se dió cuenta entonces que en tan sólo unos meses, su hermano había envejecido muchos años. Parecía mayor que él. Tenía ojeras, había adelgazado mucho, se le caía el pelo.“Te niegas a vender el puto sofá, pues me niego a vivir en una casa con una mancha de sangre asquerosa”, le dijo al cabo del rato Julio, mientras Manuel preparaba la cena en la cocina. “Lo que te mancha no es la sangre”, le contestó, muy flojo para que no pudiera oírle. Después de cenar, Manuel llamó a Ana para decirle que no viniera ese noche y que la quería. Se tumbó en la cama, pensó en las cosquillas de su abuela y se durmió escuchando el chirrio de la lija sobre el terciopelo verde.
Olía a cocido recién hecho cuando llamaron por teléfono. Era agosto, y el bochorno del mediodía entraba por las ventanas del comedor. “Manuel, cógelo y vigila a la niña, que se me quema el cocido”, gritó Ana desde la cocina. Incluso era tierna dando voces, pensó Manuel mientras descolgaba el auricular, con la pequeña persiguiéndolo por el pasillo, con una hoja de sumas entre las manitas. Cuando colgó el teléfono de nuevo,Manuel tuvo que sentarse en el sofá. “¿Quién era?”, preguntó Ana, entrando en el comedor con el cazo en las manos. “La policia, Julio se ha suicidado”. El cazo cayó al suelo con un estrépito terrible. La niña, que no había entendido nada, se puso a reír ante el espectáculo de guisantes y albóndigas rodando por el comedor. “Papá, mamá es más torpe que yo.” Y se quedó mirando fijamente a su padre, que en su sofá de terciopelo verde, reseguía con el dedo la mancha, aquella mancha que servía para hacer cosquillas a la abuelita del cielo. “¿Por qué lloras, papá? ¡Si mañana nos vamos a París!”.
Que jevi...
ResponEliminaMi hermano pequeño se llama Manuel. Bueno, pero soy yo el que fuma, él no.
Me sonaba el sofá de terciopelo verde de un cuentito de Cortázar muy pequeño pero muy grande, con un libro y una persecución en el bosque y un cuchillo y un sofá de terciopelo verde... "la continuidad de los parques", dice google que se llama, y mi susconsciente memoria ratifica.
En todo caso, lo de los nombres no deja de darme llullu. Exijo un "cualquier semejanza con la realidad (pasada-presente-futura)es pura coincidencia". No vayamos jugando con las subversiones realidad ficcion, que ultimamente mi abuela le da mucho al Danacol. Y lo de morir yo tampoco me mola.
Un besset guapa.
Clap, clap, clap.
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