dissabte, 13 de juny del 2009

El arte del hastío

Marta canturreaba en la ducha y se frotaba el cuerpo a conciencia mientras pensaba en la cita con Julio. En cinco minutos ya tenía el mejor vestido puesto y se escondía las ojeras con cantidades industriales de maquillaje barato. Mientras tanto, ajeno a aquel ritual precoital, Manuel hurgaba en su nariz intentando encontrar un poco de diversión, tan escasa en esos últimos meses sin trabajo y con una novia pluriempleada. Marta invadió el comedor de perfume y ante tal vestidito de flores, a Manuel se le escapó un “Joder...¿dónde vas así?”, a lo que Marta contestó, mientras se quitaba los últimos pelos del bigote, “Nada, que he quedado con Elena, que la pobre está depresiva total porque el novio le ha hecho los cuernos”. Y diciéndo esto ante el espejo, Marta se miró a conciencia, se sacó el último pelo de remordimiento y se fue. Pero entre el montón de cosas que cargaba en su bolso no estaba el móvil, que sonó en ese momento en el comedor, donde Manuel se repiquetaba la barriga peluda con los dedos. Lo cogió sin dudar, y el mensaje decía “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. A Manuel le pareció el anuncio de una funeraria, desde luego qué humor tan nefasto tenía el tal Julio...¿Pero, quién era ese Julio? Manuel frunció el seño, se levantó y instintivamente cogió un periódico, porque eso era lo que usaban en las películas para espiar a alguien. Cerró la puerta con fuerza. En el fondo, se alegraba de tener algo con qué matar la tarde.
Marta se iba mirando de refilón en los escaparates mientras andaba por la calle, pisando fuerte con sus tacones rojos. Sonreía traviesa, y le parecía un poco extraño sentirse de nueva niña, leyendo despierta hasta la madrugada, sintiendo el dulce escalofrío de quién puede ser descubierto. En realidad, Julio era un pijo con aires de poeta, pero es que la barriga peluda de Manuel la tenía ya muy repetida. Al doblar la esquina, empezó a morderse las uñas, pero no por nervios de encontrar a su amante. El bar donde habían quedado, muy acorde con la falsa bohemia de Julio, le hacía sentirse rara, porque había una camarera muy guapa que siempre la miraba, la miraba y se mordía los labios. Quién también la miraba era Manuel que, parapetado en la esquina, fruncía el ceño y negaba con la cabeza. Marta se planchó un poco el vestido con las manos, entró en el bar y atravesó veloz la larga barra bajo la mirada felina de la camarera. “ A lo mejor me está preparando una sorpresa”, pensó en falso Manuel, pero cruzó también la puerta de entrada. Julio saludó a Marta con un “Madame, qué bueno que viniste” con acento de Valdepeñas, y Marta se rió por dentro, se sentó y le urgió una copa de vino tinto, porque decía su abuelo, docto y bebedor, que el alcohol es buen disfraz de las carencias humanas.
“A mi parecer, Neruda tiene una fama immerecida, al lado de Valéry, los veinte poemas de amor son como cancioncillas de patio de colegio...”, Julio charlaba vehemente y sin pausa, escuchándose a si mismo y buscando las piernas desnudas de Marta por debajo de la mesa. Por su parte, Marta se forzaba en mantener la atención en la cara de su amante, y así no mirar hacia la barra. Al principio de la cita, le había gustado la imagen de si misma como chica interesante con guapo poeta en bar bohemio, pero empezaba a cansarse. Pidió otra copa de vino, siguiendo de nuevo el consejo de su abuelo, docto y bebedor, que decía también que el vino es buen ensordecedor de las memeces humanas.
Al otro lado de la barra y con el periódico delante de la cara, Manuel contemplaba la escena y se iba poniendo rojo. Pidió un gintonic a la camarera, miró a Marta, volvió a mirar a la camarera y le pareció guapa. Le sonrío pícaro cuando le puso el vaso, pero ella le espetó un “son siete euros”. Cuando tomó el primer trago, a través del cristal vió a Marta tocándose suavemente el pelo. Le ardieron las tripas. Escuchó la risa aguda de Marta y pico con el vaso vacío en la barra. Con un acto reflejo, se arremangó las mangas de la camisa y se dirigió con paso firme a la mesa donde Marta permanecía ajena y de espaldas, gozando de la alegre ensoñación del tinto. “ ..de hecho, Barthes ya lo decía, que la mise en abyme es un recurso...”. Manuel le cortó a Julio la gran frase apretándole el hombro, a lo que Julio contestó con un “pero tio, qué coño...” que no pudo acabar, pues Manuel lo había agarrado de la camisa hasta levantarlo de la silla, y Julio se volvió tartamudo, y luego finalmente mudo, con el santo puñetazo que le pegó Manuel. A todo esto, Marta se había levantado, porque ninguno de los dos parecía hacerle mucho caso. Se miró al uno, luego al otro y dió media vuelta. Ajena al barullo del bar, ahora taberna del oeste, se dirigió a la barra, de donde salía alterada la guapa camarera. La agarró por la muñeca y con una sonrisa le dijo "Vámonos”.

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