Las campanas de la iglesia suenan todavía cuando llegan a casa del abuelo, padre e hijo cogidos de la mano. Suben las escaleras del caserón vacío y la oscuridad engulle sus trajes de luto. Al abrir las ventanas del desván, el sol de verano les calienta el alma y hace relucir el coche de lata. El hijo arrastra a su padre hasta acariciar el juguete del abuelo. Ante tal maravilla, el niño sonríe sin cesar y su padre llora sonriendo. El hijo coge aún más fuerte la mano de su padre. “Papá, no te preocupes, te dejaré el coche para ir a ver al abuelo allí donde quiera que esté”.
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