dilluns, 13 d’abril del 2009

Una historia de amor como cualquier otra

Picaron a la puerta pero ella no abrió, porque aquel momento era de los dos. A Marta le bastaba tan sólo con verlo, ese Julio tranquilo y ausente, tumbado a su lado boca arriba, como siempre solía dormir. Le bastaba sólo con observar su cara, que la hacía reír y soñar y decir las cosas más estúpidas y bellas. La cara de Julio, que desde que lo conoció quedó para siempre reflejada en todos los espejos de su memoria.

Volvieron a llamar, y por un momento Marta pensó que Julio se despertaría. Y entonces ella le atraparía con sus piernas y le contaría todos sus quehaceres y dudas y asombros, pero él se pondría a canturrear despistado, y ella entonces le tiraría con fuerza de las orejas, una fuerza que se perdería entre besos y palabras, como acontecía cualquier otro domingo de calma y sinrazón.

Sin embargo, aquel no era un domingo cualquiera. Marta escrutó por un instante a su alrededor, y constató que no había estado allí nunca antes. Era una sala pequeña, con sillas de madera negra a los lados, y olía a nada. Picaron por tercera vez a la puerta, y Marta volvió a mirar la cara de su vida, con esperanza desazonada. Finalmente, se levantó de la silla y abrió la puerta con suavidad temblorosa.

La chica entró seria, miró a Marta, a Julio impasible y otra vez a Marta. Dijo secamente: “Me lo llevo”. Tres palabras como tres balas directas al alma de Marta, que tuvo que apoyarse un poco en la puerta, antes de volver a acercarse a Julio, y maldecirlo con lágrimas y en silencio una y otra vez. Antes de que la chica se lo llevara, Marta apretó la mano de Julio con tanta rabia y amor que le clavó las uñas en la piel grisácea.

Una vez la chica y Julio hubieron salido, Marta se secó las lágrimas, se colocó bien el vestido negro y salió del tanatorio.