De noche, y a lo lejos, la ciudad parecía arder, envuelta en llamas de naranja eléctrico. Tras dar la décima vuelta en la cama, constaté, confundida y asqueada, que aún no comprendía el mundo. La ignorancia me había provocado un tremendo insomnio. Como siempre había hecho, confié la solución de mis problemas al diccionario. Subí a la azotea con un tomo en cada brazo, y abrí el segundo esmeradamente, como se hace con los libros viejos. En el cielo, el espeso bochorno estival asfixiaba el silencio. Acaricié la plana escogida, y a la luz del farolillo, liso, lisamente y lisura fueron mis primeras palabras. Empecé el viaje sin detenerme, y atravesé llanura, océano, prado y sierra, pero tren me obligó a pararme. Me sorprendió el saber que, además de ser una locomotora y los vagones arrastrados en ella, la palabra transportaba muchos más significados, como el conjunto de cosas que se llevan en un viaje o expedición. Decidí continuar con la mía, mientras las horas tintaban de negro el túnel celestial. Corrí por trepidante, turbulencia, unidireccional, velocímetro, cada vez más rápido, hasta que, medio mareada, caí en vino. Me di cuenta de la cantidad de zumos de uva fermentados que aún no había tomado como bebida. Conté los que había catado: burdeos, jerez, oporto, valdepeñas, añejo, moscatel, peleón, tintillo. Después, desinhibida, bailoteé un buen rato entre forasteros, como Weinmannia Trichosperma y Xestóbium Rafovillósum, pero Zygophýllum Fabago, zezeando, me obligó a detenerme y di una espectacular salto atrás. Gracias a mi hazaña, di con héroe, y me sentí valerosa como Hércules o Aquiles, unión entre el mundo de los dioses y los mortales. Busqué una heroína a quien admirar, pero no había nadie en la ventanilla uno, así que pase a la siguiente, y aunque estaba prohibido por acuerdo internacional, su definición me enganchó. A tiempo salí de la h, y el vuelo noctámbulo de una mosca rompió el silencio. Ese insecto díptero, muy abundante en verano, negro, de alas transparentes y forma general triangular, se aposentó en mi órgano del olfato, y mosqueada, di un cabezazo brusco. Cuando abrí los ojos, el viento ojeaba el diccionario, hasta que en suficiente se cansó. Con los primeros rayos de sol, la suerte me hizo retroceder hasta sueño, y en la azotea, con ilusión y deseo, dormí imaginándote.