divendres, 20 de març del 2009

La gota

Me gustaría tanto hacerte el amor, le dice Juan telepáticamente a Laura, pero ésta no percibe su deseo silencioso, porque el sol le baña los sentidos y el mar le deslumbra las percepciones. Y ahí sigue Juan, mirándosela, deseándola, sudándola bajo la canícula estival y sobre una toalla de rayas, a su lado en las arenas movedizas de una playa de juventud. Uno al lado del otro, y la otra tan lejos de uno, piensa Juan mientras la luz y Laura lo dejan ciego y mudo, pero no sordo, que oye las palpitaciones de la sangre que le hierve y le late en el cuerpo caliente de mar, y una gota le surge de la frente granítica y le corre por su cabeza erguida mirando el mar sin verlo, como una lágrima de niño perdido. Y la gota es caprichosa y baila en el aire salino y se posa traidora sobre Laura, recostada en la toalla de rayas como princesa lagarta al sol, y su vientre terso es ahora un valle de piel de bronce mediterráneo, surcado por una gota que serpentea descarada por su cuerpo puro. Y Juan siente pudor al verlas, la gota y Laura, Laura y la gota ahora fundidas en uno sólo por su temeridad involuntaria, y qué envidia, envidia colérica siente ahora Juan por la gota, que sigue descarada su curso y parece que va a caer en el pozo del nacimiento de Laura, ese ombligo de luna lleno de arena dorada. Pero Laura se levanta de repente, borracha de luz y bochorno, dispuesta a sumergirse en aquel su mar mediterráneo, y la gota esquiva la luna de ombligo y baja tan lenta, extasiada y casi exhausta, delgada ahora trazando sólo una línea de agua en el bajovientre de Laura, que ya anda hacia la orilla dorada. Y la gota se ríe pícara de Juan y de su mirada celosa, y se cuela y se pierde y desaparece, feliz y para siempre, bajo el biquini de Laura.

divendres, 13 de març del 2009

Pequeño homenaje a María Moliner

De noche, y a lo lejos, la ciudad parecía arder, envuelta en llamas de naranja eléctrico. Tras dar la décima vuelta en la cama, constaté, confundida y asqueada, que aún no comprendía el mundo. La ignorancia me había provocado un tremendo insomnio. Como siempre había hecho, confié la solución de mis problemas al diccionario. Subí a la azotea con un tomo en cada brazo, y abrí el segundo esmeradamente, como se hace con los libros viejos. En el cielo, el espeso bochorno estival asfixiaba el silencio. Acaricié la plana escogida, y a la luz del farolillo, liso, lisamente y lisura fueron mis primeras palabras. Empecé el viaje sin detenerme, y atravesé llanura, océano, prado y sierra, pero tren me obligó a pararme. Me sorprendió el saber que, además de ser una locomotora y los vagones arrastrados en ella, la palabra transportaba muchos más significados, como el conjunto de cosas que se llevan en un viaje o expedición. Decidí continuar con la mía, mientras las horas tintaban de negro el túnel celestial. Corrí por trepidante, turbulencia, unidireccional, velocímetro, cada vez más rápido, hasta que, medio mareada, caí en vino. Me di cuenta de la cantidad de zumos de uva fermentados que aún no había tomado como bebida. Conté los que había catado: burdeos, jerez, oporto, valdepeñas, añejo, moscatel, peleón, tintillo. Después, desinhibida, bailoteé un buen rato entre forasteros, como Weinmannia Trichosperma y Xestóbium Rafovillósum, pero Zygophýllum Fabago, zezeando, me obligó a detenerme y di una espectacular salto atrás. Gracias a mi hazaña, di con héroe, y me sentí valerosa como Hércules o Aquiles, unión entre el mundo de los dioses y los mortales. Busqué una heroína a quien admirar, pero no había nadie en la ventanilla uno, así que pase a la siguiente, y aunque estaba prohibido por acuerdo internacional, su definición me enganchó. A tiempo salí de la h, y el vuelo noctámbulo de una mosca rompió el silencio. Ese insecto díptero, muy abundante en verano, negro, de alas transparentes y forma general triangular, se aposentó en mi órgano del olfato, y mosqueada, di un cabezazo brusco. Cuando abrí los ojos, el viento ojeaba el diccionario, hasta que en suficiente se cansó. Con los primeros rayos de sol, la suerte me hizo retroceder hasta sueño, y en la azotea, con ilusión y deseo, dormí imaginándote.

dimecres, 11 de març del 2009

els records

Va arribar cansat, aquell dia. Havia plogut, duia els peus xops i la humitat li havia amarat el cervell. Els records se li havien inflat i li pesaven més que mai. Immediatament després de tancar la porta, se'ls va treure de dins i els va guardar a l'ampolla verda, de forma arrodonida, que l'acompanyava des dels 12 anys. Li havia donat l'àvia -per aquell temps, sense els ulls vacus que recordava d'abans que morís- i sempre havia procurat cuidar-la molt, perquè era l'únic record que li'n quedava. Els records, aquell dia, eren d'un gris cendra, com el cel de pluja bruta i l'asfalt de la ciutat. Com la sobtada melangia que li oprimia el pit.

- Ja has arribat? Recorda que demà has d'anar al mecànic a buscar el cotxe.

- Recorda-ho tu, jo ja me tret els records, per avui.

- Tant aviat? Si només són les quatre de la tarda.

- Amb la pluja, em pesava massa la memòria.