diumenge, 9 d’agost del 2009

No nos conocemos

Desde esta ventana entra muy poca luz, y aun después de cuatro años, no me acostumbro a ello. Ni siquiera puedo leer lo que escribo, pero que importa eso ahora, si sólo lo leerá la enfermera que me encuentre mañana por la mañana, muerto, con un poco de suerte. Tanto verlo en las películas, y nunca había imaginado que la vida en un psiquiátrico pueda ser tan aburrida, tan cotidiana; en realidad, la locura la alimenta el hastío. Antes, cuando veía películas, ni siquiera podía imaginar que acabaría de esta manera. Antes, cuando me levantaba el despertador y llevaba zapatos, cuando comía en restaurantes y tenía una novia cada mes. Antes de conocerlo.
La primera vez que lo ví fue en el metro. Entré por los pelos, iba con prisas al trabajo como siempre, sudaba y el frío del vagón me sobrevino de golpe. Por la juerga de la noche anterior y posterior prisa la mañana siguiente, no me había dado tiempo de comprar el periódico, así que me entretuve con las caras de los pasajeros, que dormitaban o leían en el silencio matutino de las ciudades. Entonces lo ví, frente a mí, a pocos metros. Al instante se me paralizaron todos los músculos. Permanecí contemplándolo fijamente, no sé durante cuanto tiempo. Él sí leía el periódico, el mismo periódico que me compraba yo casi todos los días. Se mordía las uñas,y me sorprendí haciendo lo mismo. Entonces pasée la mirada por el vagón, buscando algun gesto de sorpresa, alguna mirada incrédula como la mía. No podía ser que nadie se diera cuenta. Él se levantó, se planchó los pantalones que me había comprado la semana pasada, y esperó a que se abrieran las puertas apoyado en la barandilla. Otros pasajeros también se levantaron y se pusieron delante de la puerta, y entre los cogotes, su cogote notó mi fija mirada. Se giró y mis ojos y sus ojos se fundieron, porque eran los mismos. Las puertas del metro se abrieron, él dejó de mirarme y bajó en mi parada. Yo seguí ahí un buen rato, intentando asimilar que me había visto a mi mismo en el metro y ni siquiera me había saludado.
Llegué más que tarde a la oficina y en cinco horas me fumé un paquete entero de Ducados. A lo largo del día, me fuí tranquilizando gracias al trabajo mecánico delante del ordenador y la charla con los compañeros. Por la noche, Laura y cuatro copas de vino de Jerez me sumieron en el olvido, que no es más que engaño. Me convencí que dormiría más y llevaría una vida sana, porque mi mente estaba notando el exceso de estrés.
Mi plan funcionó durante una corta semana de gloria, hasta que me lo encontré de nuevo, esta vez en el bar de delante de la oficina. Apoyado en la barra, bebiéndose una café solo, el tipo llevaba puesta mi corbata favorita. “Manuel, qué te pasa colega, ¿que has visto un fantasma?” me dijo Javi, con el que siempre salía a desayunar. “Javi, el tío de la barra, míralo, ¿no lo ves, no te das cuenta?”. “Yo en la barra lo que veo es una pivón, pero míra la rubia que culo..”. Efectivamente, al lado del tipo habia un trasero estupendo de reciente incorporación en la empresa, pero que más me daba a mi eso, cuando me tenía a mi mismo delante y no me conocía.
A partir de ese mañana, los encuentros fueron prácticamente diarios. Me lo cruzaba por mi barrio, se sentaba dos filas por delante mío en el cine, comía en mis restaurantes favoritos. Por más que quisiera, no podía ignorar su presencia, mi presencia, y como aquello no se lo podía contar a nadie, empecé a obsesionarme. Me costaba concentrarme, hablaba poco y no me afeitaba. La paciencia humana es limitada. Al cabo de un mes, Laura dejó de llamar sin dar ninguna explicación, y me echaron del trabajo.
Aquella mañana, salí de casa a la misma hora de siempre, pero como no iba tarde, pude comprar el periódico. Entré en el metro, y el frío me reconfortó, después del bochorno de gentío y prisas de los pasadizos. Me senté y me puse a leer, cuando noté que alguien me miraba. Levanté la vista y lo ví, me ví observándome. Bajé la mirada tranquilo, porque ya esperaba encontrármelo allí y porque sabía dónde debíamos bajar. Al sonido de nuestra parada, se levantó y se apoyó en la barandilla, delante de la puerta. Yo salí el último del metro, y sin perderlo de vista lo seguí hasta la puerta de la oficina. Me encendí un cigarro, respiré el aire de la mañana y esperé.
A las cinco en punto salió, con la corbata desatada y aspecto cansado. No pude evitar sonreír cuando ví que incluso acarreaba el maletín feo que mi madre me había regalado en Navidades. Con la mano dentro del bolsillo, apreté la navaja y me puse a seguirlo. Él se había encendido un cigarro y caminaba hablando por el móvil, hasta que descolgó, dobló la esquina y siguió caminando hasta la puerta del Haggins, mi restaurante favorito. En la otra esquina, ví aparecer a Laura, radiante. Agarré más fuerte la navaja dentro del bolsillo, y creo que lloré de rabia. Laura lo miraba y sonreía, me miraba en la puerta del Haggins y sonreía, y me cogía la mano y me hablaba y me besaba. Salí de la esquina con paso firme, crucé la calle con la navaja en mano y se la clavé, me la clavé con toda la furia que uno puede sentir hacia uno mismo.
Desde entonces que vivo aquí, en esta habitación con tan poca luz, y no logro acostumbrarme. Lo que pasó después, no lo puedo esclacer por la dosis de pastillas que me tomo cada mañana. No he vuelto a ver a Laura y sé que ella no me quiere ver a mí. Tampoco he vuelto a encontrar al tipo, pero bueno, me miro cada mañana al espejo, y veo de nuevo la navaja ensangretada y las sirenas de la policia. Duermo mucho. Ojalá hoy me duerma para siempre. Ojalá mañana la enferma encuentre estos papeles entre mis manos inertes.

dimarts, 7 de juliol del 2009

Pantalles

29 de gener, 2035

El so agut i punyent del despertador el féu recuperar la consciència. Sense haver obert els ulls encara, l'envaïa una sensació canviant, que es movia entre l'estranyesa i la confusió. Per l'olor i el tacte del teixit on jeia, sabia que era al seu llit. Però no entenia perquè, essent un matí com qualsevol altre, se sentia marejat, perdut i terriblement cansat. A més a més, no podia obrir els ulls.
Cony de despertador! Que avui tenim festa, i som tan rucs que ahir a la nit no el vam apagar.
Aquell era l'inconfusible malhumor matinal de la Raquel, la seva dona. Va sentir que s'aixecava del seu costat, apagava el despertador i tornava a jeure.
Collons, que avui toca descans. Com a mínim un dia de repòs, van dir ahir els agents.
Si bé el to emprenyat de la seva dona era ben conegut, no entenia ni un borrall de tot allò que deia. Perquè tenien un dia de festa, si normalment només gaudien d'una tarda lliure a la setmana? Qui eren els agents, i què havien vingut a fer ahir a la nit?
Intentava obrir la boca, però no se la sentia. Intentava obrir els ulls, però era com si haguessin desaparegut.
Pere, què fas apagat si ja ets despert! Obre't el botó, home. Fins i tot ho he de fer jo, això. Té, home, i parla.

Ara ja hi veia. Era a la seva habitació, al seu llit, amb la seva dona, com cada dia. Però hi havia alguna cosa que havia canviat. Podia parlar, ho notava, però se sentia tan desconcertat que no li sortien les paraules
Però què passa, que fas aquesta cara? No te'n recordes? Si t'ho vaig dir, Pere, que ahir venien els de l'Oficina Tecnològica del barri a instal·lar-nos les pantalles facials.

Era això, doncs. La famosa llei, implementada pel Govern feia tan sols un any, ja era un fet en tot el radi de Barcelona. L'última fase era al seu barri. Es tractava, segons deien des de dalt, de l'últim pas en l'equiparació tecnològica del país a escala europea. Cada individu disposava d'una pantalla facial, completament gratuïta i facilitada per l'Estat, que s'instal·lava al crani, es connectava directament al cervell i suplantava la cara real. Un veritable avenç de l'home modern, deien els mitjans. Només d'obrir-la, de bon matí, accedies directament al correu electrònic i a l'agenda del dia, perquè també incorporava BlueBerry. A més a més, es connectava directament amb un servidor estatal, que t'informava del temps i de la situació econòmica i política del planeta. Aquell nou enginy era, segons l'havien batejat, un autèntic ordinador personal.
A part de l'ús purament informàtic, la pantalla facial implicava molts avantatges pràctics. Si eres lleig -en quedaven pocs ja, gràcies als avenços de la genètica -, et posaves cara de guapo, si no et volies canviar el color dels cabells o dels ulls, ho podies fer tan sols amb un click. En principi, la cara que els altres veien a la pantalla era un reproducció en 3D de la teva cara d'abans, segons la darrera imatge que tu havies proporcionat a l'Administració. Però, bé, tots sabem que l'informàtica fa miracles. Tampoc no calia rentar-la, i pel que fa l'alimentació, feia molt que el menjar sòlid havia passat a la història. Era una manera perfecta, doncs, d'estalviar temps i, per tant, optimitzar els béns humans del país.
En Pere no se'n sabia avenir. Després de rebre l'email certificat del govern a la bústia de casa, havia intentat conscienciar-se del canvi. I, de fet, algun dia pel carrer ja n'havia vist unes quantes, de persones pantalla. Però suposava que, de la mateixa manera que hom no s'acostuma mai del tot a tenir una cama de plàstic o un ull de vidre, tampoc no s'acabaria de fer mai a la idea que li havien amputat el cap i l'havien substituït per una pantalla.
S'aixecà del llit, i quedà sorprès de la lleugeresa del nou enginy extraplà, de fibra de vidre. Es posà les sabatilles, primer gest del ritual de cada matí, i es tancà al lavabo. La imatge que veié al mirall el trasbalsà. Mil preguntes li assaltaven el cap, encara que, de fet, ja no en tenia. Perquè una pantalla amb una reproducció adulterada de la seva cara suplantava el seu cap real i autèntic? Quin sentit tenia, tot allò?
- Això es fantàstic, no cal ni que em maquilli, ni que em tregui el bigoti! I no tinc arrugues!- xisclava eufòrica la seva dona des de l'altre lavabo.
Conclogué que aquella seria una tasca titànica. Com si fos adolescent, havia de prendre consciència, de nou, de si mateix, del seu cos, dels canvis soferts. Tot d'una, se sentí terriblement abatut, ofegat i esgotat.
Fet i fet, podria haver dormit mitja horeta més, perquè totes aquelles coses que feia al matí, que ens ajuden a desempallegar-nos de la son , que es fan amb la mecànica calma de la quotidianitat, ja no les havia de fer, mai més. S'avorrí durant una estona, consultant el correu i les cites previstes per l'endemà. Tot planificat en format mentalment electrònic.
Sortí al carrer. L'espectacle era dantesc. Nens, dones, ancians, tots amb pantalles al cap i somrient, talment despulles adulterades d'una vida anterior. Devia ser ell que s'equivocava, tothom semblava feliç amb aquell nou canvi. De fet, sempre s'havia sentit un trànsfuga en l'època que li havia tocat viure. D'entre tantes pantalles, com una aparició, veié el cap d'una noia, que esperava l'autobús solar de la ruta 7. S'acaronava els cabells, i es mossegava els llavis en senyal de dubte, intentant trobar la parada correcta. La seva melena daurada, aquells ulls com fars, brillaven amb llum pròpia, eclipsant tot el que l'envoltava, vehicles, edificis, anuncis, pantalles humanes. En aquell precís moment, tot observant com els cabells daurats d'aquella noia voleiaven al vent, a ell l'inundà una certesa implacable. No podia ser, no era ell qui estava equivocat. La bellesa i la vida eren imperfectes, volubles i caduques. I per això, necessàriament, tenien forma humana.

dimecres, 1 de juliol del 2009

La mancha de abuela

Cuando murió la abuela, el sofá era aún bastante nuevo. El primero en encontrársela fue Julio, al volver a casa tras una de sus juergas. Abrió la puerta con ebria dificultad, y con las primeras luces del día vió a la abuela recostada en el sofá, escuchando a María Callas, la cabeza colgando y un hilillo de sangre en la comisura de los labios. Cuando Manuel volvió del trabajo al mediodía, Julio seguía en la puerta, ahora sentado con la cara escondida entre las rodillas, sin escuchar la ópera que aún sonaba, y sin mirar la cabeza colgando de la abuela. El nieto mayor reaccionó en seguida, recogió a su hermano del suelo, apagó la música, y se dirigió al sofá. La abuela se había suicidado tragándose el bote entero de las pastillas para el colesterol, y eso la había dejado así, como un manojo humano en el sofá de terciopelo verde. Incluso había manchado el sofá de sangre con el hilillo que le venía de la boca. Después de cerrarle los ojos, Manuel se sentó en una silla y se desabrochó el cuello de la camisa. El calor silencioso del mediodía se mezclaba con el hedor a muerto. Por un momento, Manuel recordó aquel día de verano, en aquel mismo comedor, cuando la abuela les había hecho cosquillas hasta que se mearon encima de la risa. Levantó los ojos, y vio que Julio seguia con la cabeza gacha, y había empezado a sollozar.
Al salir del tanatario, Manuel se encendió un cigarro de espaldas a la puerta , y respiró aliviado. Aquel no se parecía en nada al último funeral al que había asistido, el de sus padres. Cuando tuvieron el accidente, Manuel y Julio eran aún muy pequeños, y su abuela les puso un trajecito negro y no los soltó de la mano ni un momento. Manuel aspiró el humo del tabaco y sintió el aire caliente que soplaba entre los sauces. Julio ni siquiera debía acordarse de eso, pensó. Pero allí seguía su hermano, aupado entre el tumulto de viejas de luto, que lo abrazaban y lloraban y murmuraban palabras de alivio, mientras el chico entre grandes sollozos alababa a su tierna abuelita. “Sólo faltan los paparazzis del Hola”, se dijo Manuel para si mientras tiraba la colilla al suelo. Su hermano lo siguió cuando vió que iba a coger el coche. “Espérame, al menos, ya que he tenido que llevar el peso de la familia”, le espetó Julio al entrar. No se dijeron nada más hasta llegar a casa. Ya no olía a lavanda, ni a guiso recién cocido. “Tenemos que quitar esta puñetera mancha del sofá, qué asco”, dijo Julio, al ver que la sangre de su abuela se estaba resecando sobre el terciopelo verde. Julio estaba seguro que habían hecho bien en no decir nada a la policía, esconder el bote de pastillas vacío y simular una muerte natural. Se trajo un trapo mojado de la cocina y empezó a fregar el terciopelo verde. “Ostia, encima nos jode el sofá”. “La hemos jodido nosotros, Julio”, le dijo Manuel, y pasó de largo hacia su habitación. Sobre la mesilla de su escritorio, vió los dos billetes de avión a París, la ciudad de los sueños de la abuela, la promesa eterna de sus nietos. Se tiró a la cama, hundió la cabeza en el cojín y lloró en silencio.
Julio volvía a estar rasgando el sofá cuando Manuel llegó a casa después del trabajo. Tenía los pies helados del frío de invierno, y el viento le azotó la cara al abrir la puerta, porque su hermano se había dejado todas las ventanas del comedor abiertas. Julio estaba sudando por el esfuerzo, rasgando ahora con una lija el terciopelo verde, con los ojos tan fijos en la mancha de la abuela que ni siquiera vió llegar a su hermano. Manuel le pusó una mano en el hombro, “te estás volviendo loco, déjalo ya”. Julio sólo giró la cabeza, se lo miró indiferente, y volvió a rascar el sofá. Manuel se dió cuenta entonces que en tan sólo unos meses, su hermano había envejecido muchos años. Parecía mayor que él. Tenía ojeras, había adelgazado mucho, se le caía el pelo.“Te niegas a vender el puto sofá, pues me niego a vivir en una casa con una mancha de sangre asquerosa”, le dijo al cabo del rato Julio, mientras Manuel preparaba la cena en la cocina. “Lo que te mancha no es la sangre”, le contestó, muy flojo para que no pudiera oírle. Después de cenar, Manuel llamó a Ana para decirle que no viniera ese noche y que la quería. Se tumbó en la cama, pensó en las cosquillas de su abuela y se durmió escuchando el chirrio de la lija sobre el terciopelo verde.
Olía a cocido recién hecho cuando llamaron por teléfono. Era agosto, y el bochorno del mediodía entraba por las ventanas del comedor. “Manuel, cógelo y vigila a la niña, que se me quema el cocido”, gritó Ana desde la cocina. Incluso era tierna dando voces, pensó Manuel mientras descolgaba el auricular, con la pequeña persiguiéndolo por el pasillo, con una hoja de sumas entre las manitas. Cuando colgó el teléfono de nuevo,Manuel tuvo que sentarse en el sofá. “¿Quién era?”, preguntó Ana, entrando en el comedor con el cazo en las manos. “La policia, Julio se ha suicidado”. El cazo cayó al suelo con un estrépito terrible. La niña, que no había entendido nada, se puso a reír ante el espectáculo de guisantes y albóndigas rodando por el comedor. “Papá, mamá es más torpe que yo.” Y se quedó mirando fijamente a su padre, que en su sofá de terciopelo verde, reseguía con el dedo la mancha, aquella mancha que servía para hacer cosquillas a la abuelita del cielo. “¿Por qué lloras, papá? ¡Si mañana nos vamos a París!”.

dissabte, 13 de juny del 2009

El arte del hastío

Marta canturreaba en la ducha y se frotaba el cuerpo a conciencia mientras pensaba en la cita con Julio. En cinco minutos ya tenía el mejor vestido puesto y se escondía las ojeras con cantidades industriales de maquillaje barato. Mientras tanto, ajeno a aquel ritual precoital, Manuel hurgaba en su nariz intentando encontrar un poco de diversión, tan escasa en esos últimos meses sin trabajo y con una novia pluriempleada. Marta invadió el comedor de perfume y ante tal vestidito de flores, a Manuel se le escapó un “Joder...¿dónde vas así?”, a lo que Marta contestó, mientras se quitaba los últimos pelos del bigote, “Nada, que he quedado con Elena, que la pobre está depresiva total porque el novio le ha hecho los cuernos”. Y diciéndo esto ante el espejo, Marta se miró a conciencia, se sacó el último pelo de remordimiento y se fue. Pero entre el montón de cosas que cargaba en su bolso no estaba el móvil, que sonó en ese momento en el comedor, donde Manuel se repiquetaba la barriga peluda con los dedos. Lo cogió sin dudar, y el mensaje decía “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. A Manuel le pareció el anuncio de una funeraria, desde luego qué humor tan nefasto tenía el tal Julio...¿Pero, quién era ese Julio? Manuel frunció el seño, se levantó y instintivamente cogió un periódico, porque eso era lo que usaban en las películas para espiar a alguien. Cerró la puerta con fuerza. En el fondo, se alegraba de tener algo con qué matar la tarde.
Marta se iba mirando de refilón en los escaparates mientras andaba por la calle, pisando fuerte con sus tacones rojos. Sonreía traviesa, y le parecía un poco extraño sentirse de nueva niña, leyendo despierta hasta la madrugada, sintiendo el dulce escalofrío de quién puede ser descubierto. En realidad, Julio era un pijo con aires de poeta, pero es que la barriga peluda de Manuel la tenía ya muy repetida. Al doblar la esquina, empezó a morderse las uñas, pero no por nervios de encontrar a su amante. El bar donde habían quedado, muy acorde con la falsa bohemia de Julio, le hacía sentirse rara, porque había una camarera muy guapa que siempre la miraba, la miraba y se mordía los labios. Quién también la miraba era Manuel que, parapetado en la esquina, fruncía el ceño y negaba con la cabeza. Marta se planchó un poco el vestido con las manos, entró en el bar y atravesó veloz la larga barra bajo la mirada felina de la camarera. “ A lo mejor me está preparando una sorpresa”, pensó en falso Manuel, pero cruzó también la puerta de entrada. Julio saludó a Marta con un “Madame, qué bueno que viniste” con acento de Valdepeñas, y Marta se rió por dentro, se sentó y le urgió una copa de vino tinto, porque decía su abuelo, docto y bebedor, que el alcohol es buen disfraz de las carencias humanas.
“A mi parecer, Neruda tiene una fama immerecida, al lado de Valéry, los veinte poemas de amor son como cancioncillas de patio de colegio...”, Julio charlaba vehemente y sin pausa, escuchándose a si mismo y buscando las piernas desnudas de Marta por debajo de la mesa. Por su parte, Marta se forzaba en mantener la atención en la cara de su amante, y así no mirar hacia la barra. Al principio de la cita, le había gustado la imagen de si misma como chica interesante con guapo poeta en bar bohemio, pero empezaba a cansarse. Pidió otra copa de vino, siguiendo de nuevo el consejo de su abuelo, docto y bebedor, que decía también que el vino es buen ensordecedor de las memeces humanas.
Al otro lado de la barra y con el periódico delante de la cara, Manuel contemplaba la escena y se iba poniendo rojo. Pidió un gintonic a la camarera, miró a Marta, volvió a mirar a la camarera y le pareció guapa. Le sonrío pícaro cuando le puso el vaso, pero ella le espetó un “son siete euros”. Cuando tomó el primer trago, a través del cristal vió a Marta tocándose suavemente el pelo. Le ardieron las tripas. Escuchó la risa aguda de Marta y pico con el vaso vacío en la barra. Con un acto reflejo, se arremangó las mangas de la camisa y se dirigió con paso firme a la mesa donde Marta permanecía ajena y de espaldas, gozando de la alegre ensoñación del tinto. “ ..de hecho, Barthes ya lo decía, que la mise en abyme es un recurso...”. Manuel le cortó a Julio la gran frase apretándole el hombro, a lo que Julio contestó con un “pero tio, qué coño...” que no pudo acabar, pues Manuel lo había agarrado de la camisa hasta levantarlo de la silla, y Julio se volvió tartamudo, y luego finalmente mudo, con el santo puñetazo que le pegó Manuel. A todo esto, Marta se había levantado, porque ninguno de los dos parecía hacerle mucho caso. Se miró al uno, luego al otro y dió media vuelta. Ajena al barullo del bar, ahora taberna del oeste, se dirigió a la barra, de donde salía alterada la guapa camarera. La agarró por la muñeca y con una sonrisa le dijo "Vámonos”.

dijous, 14 de maig del 2009

(Microrrelat II)

Entreabre los ojos soñolientos y desde la cama ya los vislumbra, los calcetines de rayas estúpidas tirados en el suelo del dormitorio. Su pie nota entonces el roce suave de otro pie sin calcetín de rayas. Cierra los ojos, lo busca con el cuerpo por debajo de las sábanas y sonríe en silencio, parapetada en su abrazo infinito.

dijous, 7 de maig del 2009

(Microrrelat I)

Las campanas de la iglesia suenan todavía cuando llegan a casa del abuelo, padre e hijo cogidos de la mano. Suben las escaleras del caserón vacío y la oscuridad engulle sus trajes de luto. Al abrir las ventanas del desván, el sol de verano les calienta el alma y hace relucir el coche de lata. El hijo arrastra a su padre hasta acariciar el juguete del abuelo. Ante tal maravilla, el niño sonríe sin cesar y su padre llora sonriendo. El hijo coge aún más fuerte la mano de su padre. “Papá, no te preocupes, te dejaré el coche para ir a ver al abuelo allí donde quiera que esté”.

dilluns, 13 d’abril del 2009

Una historia de amor como cualquier otra

Picaron a la puerta pero ella no abrió, porque aquel momento era de los dos. A Marta le bastaba tan sólo con verlo, ese Julio tranquilo y ausente, tumbado a su lado boca arriba, como siempre solía dormir. Le bastaba sólo con observar su cara, que la hacía reír y soñar y decir las cosas más estúpidas y bellas. La cara de Julio, que desde que lo conoció quedó para siempre reflejada en todos los espejos de su memoria.

Volvieron a llamar, y por un momento Marta pensó que Julio se despertaría. Y entonces ella le atraparía con sus piernas y le contaría todos sus quehaceres y dudas y asombros, pero él se pondría a canturrear despistado, y ella entonces le tiraría con fuerza de las orejas, una fuerza que se perdería entre besos y palabras, como acontecía cualquier otro domingo de calma y sinrazón.

Sin embargo, aquel no era un domingo cualquiera. Marta escrutó por un instante a su alrededor, y constató que no había estado allí nunca antes. Era una sala pequeña, con sillas de madera negra a los lados, y olía a nada. Picaron por tercera vez a la puerta, y Marta volvió a mirar la cara de su vida, con esperanza desazonada. Finalmente, se levantó de la silla y abrió la puerta con suavidad temblorosa.

La chica entró seria, miró a Marta, a Julio impasible y otra vez a Marta. Dijo secamente: “Me lo llevo”. Tres palabras como tres balas directas al alma de Marta, que tuvo que apoyarse un poco en la puerta, antes de volver a acercarse a Julio, y maldecirlo con lágrimas y en silencio una y otra vez. Antes de que la chica se lo llevara, Marta apretó la mano de Julio con tanta rabia y amor que le clavó las uñas en la piel grisácea.

Una vez la chica y Julio hubieron salido, Marta se secó las lágrimas, se colocó bien el vestido negro y salió del tanatorio.

divendres, 20 de març del 2009

La gota

Me gustaría tanto hacerte el amor, le dice Juan telepáticamente a Laura, pero ésta no percibe su deseo silencioso, porque el sol le baña los sentidos y el mar le deslumbra las percepciones. Y ahí sigue Juan, mirándosela, deseándola, sudándola bajo la canícula estival y sobre una toalla de rayas, a su lado en las arenas movedizas de una playa de juventud. Uno al lado del otro, y la otra tan lejos de uno, piensa Juan mientras la luz y Laura lo dejan ciego y mudo, pero no sordo, que oye las palpitaciones de la sangre que le hierve y le late en el cuerpo caliente de mar, y una gota le surge de la frente granítica y le corre por su cabeza erguida mirando el mar sin verlo, como una lágrima de niño perdido. Y la gota es caprichosa y baila en el aire salino y se posa traidora sobre Laura, recostada en la toalla de rayas como princesa lagarta al sol, y su vientre terso es ahora un valle de piel de bronce mediterráneo, surcado por una gota que serpentea descarada por su cuerpo puro. Y Juan siente pudor al verlas, la gota y Laura, Laura y la gota ahora fundidas en uno sólo por su temeridad involuntaria, y qué envidia, envidia colérica siente ahora Juan por la gota, que sigue descarada su curso y parece que va a caer en el pozo del nacimiento de Laura, ese ombligo de luna lleno de arena dorada. Pero Laura se levanta de repente, borracha de luz y bochorno, dispuesta a sumergirse en aquel su mar mediterráneo, y la gota esquiva la luna de ombligo y baja tan lenta, extasiada y casi exhausta, delgada ahora trazando sólo una línea de agua en el bajovientre de Laura, que ya anda hacia la orilla dorada. Y la gota se ríe pícara de Juan y de su mirada celosa, y se cuela y se pierde y desaparece, feliz y para siempre, bajo el biquini de Laura.

divendres, 13 de març del 2009

Pequeño homenaje a María Moliner

De noche, y a lo lejos, la ciudad parecía arder, envuelta en llamas de naranja eléctrico. Tras dar la décima vuelta en la cama, constaté, confundida y asqueada, que aún no comprendía el mundo. La ignorancia me había provocado un tremendo insomnio. Como siempre había hecho, confié la solución de mis problemas al diccionario. Subí a la azotea con un tomo en cada brazo, y abrí el segundo esmeradamente, como se hace con los libros viejos. En el cielo, el espeso bochorno estival asfixiaba el silencio. Acaricié la plana escogida, y a la luz del farolillo, liso, lisamente y lisura fueron mis primeras palabras. Empecé el viaje sin detenerme, y atravesé llanura, océano, prado y sierra, pero tren me obligó a pararme. Me sorprendió el saber que, además de ser una locomotora y los vagones arrastrados en ella, la palabra transportaba muchos más significados, como el conjunto de cosas que se llevan en un viaje o expedición. Decidí continuar con la mía, mientras las horas tintaban de negro el túnel celestial. Corrí por trepidante, turbulencia, unidireccional, velocímetro, cada vez más rápido, hasta que, medio mareada, caí en vino. Me di cuenta de la cantidad de zumos de uva fermentados que aún no había tomado como bebida. Conté los que había catado: burdeos, jerez, oporto, valdepeñas, añejo, moscatel, peleón, tintillo. Después, desinhibida, bailoteé un buen rato entre forasteros, como Weinmannia Trichosperma y Xestóbium Rafovillósum, pero Zygophýllum Fabago, zezeando, me obligó a detenerme y di una espectacular salto atrás. Gracias a mi hazaña, di con héroe, y me sentí valerosa como Hércules o Aquiles, unión entre el mundo de los dioses y los mortales. Busqué una heroína a quien admirar, pero no había nadie en la ventanilla uno, así que pase a la siguiente, y aunque estaba prohibido por acuerdo internacional, su definición me enganchó. A tiempo salí de la h, y el vuelo noctámbulo de una mosca rompió el silencio. Ese insecto díptero, muy abundante en verano, negro, de alas transparentes y forma general triangular, se aposentó en mi órgano del olfato, y mosqueada, di un cabezazo brusco. Cuando abrí los ojos, el viento ojeaba el diccionario, hasta que en suficiente se cansó. Con los primeros rayos de sol, la suerte me hizo retroceder hasta sueño, y en la azotea, con ilusión y deseo, dormí imaginándote.

dimecres, 11 de març del 2009

els records

Va arribar cansat, aquell dia. Havia plogut, duia els peus xops i la humitat li havia amarat el cervell. Els records se li havien inflat i li pesaven més que mai. Immediatament després de tancar la porta, se'ls va treure de dins i els va guardar a l'ampolla verda, de forma arrodonida, que l'acompanyava des dels 12 anys. Li havia donat l'àvia -per aquell temps, sense els ulls vacus que recordava d'abans que morís- i sempre havia procurat cuidar-la molt, perquè era l'únic record que li'n quedava. Els records, aquell dia, eren d'un gris cendra, com el cel de pluja bruta i l'asfalt de la ciutat. Com la sobtada melangia que li oprimia el pit.

- Ja has arribat? Recorda que demà has d'anar al mecànic a buscar el cotxe.

- Recorda-ho tu, jo ja me tret els records, per avui.

- Tant aviat? Si només són les quatre de la tarda.

- Amb la pluja, em pesava massa la memòria.